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miércoles, 15 de octubre de 2014

"No se si tu crees en esas cosas pero yo sé que "vi" el momento exacto de ese encuentro desgarrador entre mi padre y... el cadáver de su hijo mayor. Fue muchos años después, en la costa atlántica de Brest, en "Les Rochès Noirs", un diminuto pueblo de pescadores que no figura en mapa alguno. André me dijo que me oyó hablar dormida y entre llantos, y que tuvo miedo de despertarme. Creo que fueron las gaviotas que vimos en las rocas por la tarde lo que disparó todo eso..
Ahí estaba yo, de repente, en un lugar que no conocía. El cielo despejado se veía casi blanco y unas ominosas aves oscuras volaban en círculos encima. Aquel calor lleno del aroma denso y dulzón de la sangre podrida, repleto de moscas, el mismo olor que hay en los mataderos pero con el picante de la pólvora pendiendo del aire seco y terroso. Vi a papá a lo lejos con su camisa deshecha y manchada, buscando desesperado entre los cadáveres que estaban tirados en el suelo, casi como habían caído y... me sentí aterrada.
- Papá ¿Qué hacemos aquí? - pregunté angustiada pero él parecía no escucharme – ¡Vayámonos, por favor! Tengo miedo, tengo mucho miedo, Papá... - entonces lo vio... lo vimos. Quien había sido mi hermano, yacía aun con una especie de uniforme, desgarrado y chorreado con mucha sangre, pálido, con sus labios amoratados y los ojos abiertos mirando la nada. Un enorme y desagradable agujero en su cuello se llenaba ya con esas horribles moscas verdes, ávidas por la carne muerta...
Entonces, ante la mirada del suboficial que le acompañaba, papá se arrodilló junto al cuerpo inerte de su hijo y lo tomó en brazos apretándolo contra sí mientras lloraba, manchándose con la sangre ya coagulada "¡Mi muchacho!... ¡mi muchacho!".repetía en una dolorosa letanía, que jamás olvidaré. - Voy... voy a llevarme a mi hijo – dijo luego de un rato. El sargento que tenía un rostro duro y decidido pero sin duda también sabía todo el dolor que era esa pérdida, respondió, haciendo casi una reverencia ante aquel hombre que recorrió lo imposible para al menos hallar el cadáver de su hijo
- Sí... puedo darle unas mantas para que lo cubra, por... por si va lejos. Y puede llevarse una mula si la quiere, la doy en parte de perdida –
- Gracias – se miraron un momento.
- Lo... lo siento mucho –
- No es su culpa, sargento... es la mía - Envolvió a Francisco en dos mantas, lo aseguró a la mula y se marchó a recorrer de nuevo, perseguido por las moscas, los mismos caminos para volver a casa, pero ya sin esperanza alguna.
- ¡Papá! ¡No me dejes aquí! - le grité. Aquellas aves oscuras de picos ganchudos y garras afiladas, ya descendían sobre los cuerpos y me veían con sus irracionales ojos oscuros...
El sub oficial lo vio partir y dijo por lo bajo, como reflexionando para sí mismo:
- Todos vamos al mismo agujero... – luego, extrañamente, me miró. Sus ojos se habían hundido dentro de las órbitas y por momentos creí estar viendo un cadáver parlante – No deberías estar aquí, no deberías... este no es lugar para una niña, mejor vete –
Desperté sentada, sudando y llorando en medio de la noche y la tormenta, sin saber donde estaba. André me dijo que me hablaba y que yo lo miraba sin verlo, todavía estaban ahí esas aves horrendas, todavía las veía... todavía..."



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