Hay quién lamenta la muerte como algo terminal, terminante, increíblemente arbitrario... pero nuestra muerte estaba ya cantada desde tiempos remotos, desde eras inmemoriales, por juglares oscuros que no sabían siquiera nuestros nombres.
No es terminante. Nuestra esencia (sea lo que fuere) flota como un vaho por encima de nuestro cadáver e impregna, cuando puede, a los transeúntes. Lo que fuimos, lo que pudimos ser, lo que indefectiblemente no fuimos, todo eso queda latente, colgado del aire que una vez respiramos. Y todo eso pasa de voz en voz, de aliento en aliento...
No, no somos nada, somos todo, somos todos. Somos todo el polvo al que otros volvieron, la brizna, la podredumbre, el dolor. Somos toda la culpa con la que cargaron y que también heredaron de otros, somos ellos, los futuros muertos, los que estarán dentro de las tumbas cuando alguien llegue a preguntar (preguntarse) qué somos.
¡BIENVENIDOS!
Este es un espacio en el que nunca sabrás que vas a encontrar, dibujos, textos, bastante humor y alguna otra cosa. La idea es que te agrade... si no te agrada lo lamento, eso ya no es problema mío. Suerte. Todo el material que se publica está debidamente registrado.
jueves, 21 de abril de 2011
sábado, 16 de abril de 2011
Ensayo para "La Hora del Diablo"
Tengo el lejano recuerdo de un corredor abierto al norte y unas puertas grises y descascaradas que daban a cuartos enormes, habitados por la penumbra. También me acuerdo del aroma acre de la cal en la pared, el reflejo del agua de lluvia, verdosa en el tanque, del olor sutil del asfalto al sol en enero. Me tiraba boca abajo en el suelo frío cuando me dolía la panza y trataba de buscarle forma a las pintitas de las baldosas mientras, desde dentro, me llegaba un tango con el sonido rasposo de una radio portátil. Mi abuela, siempre en la máquina de coser o en la batea. Mi tío Marcelo (que apenas me llevaba seis) acechando en el patio para hostigarme. Y mi otro tío, Carlos, que iba a la Escuela Industrial… pero casi nunca llegaba. Cuando daban las cuatro las tías viejas se sentaban en la cocina y preparaban el mate dulce. Siempre igual, siempre las mismas sillas en el mismo lugar, el mismo mate, el mismo repasador para ahuyentar las moscas, las mismas adorables y achacosas manos. “Tan, tan – ¿Quién es? – Perro, perro portugués – Por la otra puerta que aquí no es” (la imagen del perro golpeando la puerta me ha perseguido el resto de mi vida, sin saber porque la veo tan macabra) Tía Lita jugaba conmigo cuando yo volvía del jardín. Y luego la tarde se estiraba como un reino infinito de canteros poblados de seres imaginarios…
viernes, 1 de abril de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Fregmento de " La Hora del Diablo"
El olor a la pinocha del ciprés y las flores secas, el tacto repulsivamente suave del mármol, el silencio acantonado en los resquicios del cemento.
En la tumba solo había una mísera flor de plástico que pendía indolente de su cabo de alambre y cabeceaba con el viento caliente del norte.
Se quedó allí mirando aquel remedo de ofrenda, atado tristemente a la baranda de metal que se había salido por uno de sus lados. La flor, a su vez, parecía mirarlo con su único ojo amarillento, dilatado.
Se quedó ahí pensando en la pobre imitación de mármol de la lápida, empotrada en la segunda fila de nichos junto a otras tantas tumbas, monótonas, con sus flores secas.
Se quedó palpando la pelusa de los bolsillos, las monedas de a peso, el pañuelo, la superficie lustrosa de una llave y su tintineo tenue… el leve susurro que el viento levantaba por todas partes, los pasos distantes de algún deudo en la gravilla.
De pronto quiso recordar algo, algo que le sacara de allí, que valiera la pena recordar. De pronto quiso irse a otra parte, ser otra persona, no ser nada…
No tener que estar allí pensando en todo eso, sintiendo las gotas de sudor corriendo por su espalda, bajo la camisa, viendo esa triste flor de plástico estropeado, apenas sostenida bajo el viento.
Entonces decidió que lo mejor sería volverse por donde vino. Pensó en que había dejado la casa abierta, que debía comprar algunos folios, …en que, de todos modos, valía más la pena estar en el asiento de un tren rumbo al norte, lejos de aquel campo de sepulturas aplastadas por el sol…
Decidió, al fin, hacerse a un lado de esa parte de su vida para siempre, arrancó con un piadoso movimiento la flor de plástico y se marchó sin mirar la tumba, ahora desnuda, sintiendo que eso era más sincero… menos hipócrita…
En la tumba solo había una mísera flor de plástico que pendía indolente de su cabo de alambre y cabeceaba con el viento caliente del norte.
Se quedó allí mirando aquel remedo de ofrenda, atado tristemente a la baranda de metal que se había salido por uno de sus lados. La flor, a su vez, parecía mirarlo con su único ojo amarillento, dilatado.
Se quedó ahí pensando en la pobre imitación de mármol de la lápida, empotrada en la segunda fila de nichos junto a otras tantas tumbas, monótonas, con sus flores secas.
Se quedó palpando la pelusa de los bolsillos, las monedas de a peso, el pañuelo, la superficie lustrosa de una llave y su tintineo tenue… el leve susurro que el viento levantaba por todas partes, los pasos distantes de algún deudo en la gravilla.
De pronto quiso recordar algo, algo que le sacara de allí, que valiera la pena recordar. De pronto quiso irse a otra parte, ser otra persona, no ser nada…
No tener que estar allí pensando en todo eso, sintiendo las gotas de sudor corriendo por su espalda, bajo la camisa, viendo esa triste flor de plástico estropeado, apenas sostenida bajo el viento.
Entonces decidió que lo mejor sería volverse por donde vino. Pensó en que había dejado la casa abierta, que debía comprar algunos folios, …en que, de todos modos, valía más la pena estar en el asiento de un tren rumbo al norte, lejos de aquel campo de sepulturas aplastadas por el sol…
Decidió, al fin, hacerse a un lado de esa parte de su vida para siempre, arrancó con un piadoso movimiento la flor de plástico y se marchó sin mirar la tumba, ahora desnuda, sintiendo que eso era más sincero… menos hipócrita…
martes, 15 de marzo de 2011
Fregmento de " La Hora del Diablo"
Había llovido y los zanjones todavía estaban llenos de agua verde y de mosquitos.
Recostado indolentemente contra el tronco de un paraíso que parecía querer envolverlo en sus ramas, el hombre rebuscó en un bolsillo y luego encendió un cigarro que, por un momento, alumbró, tenue, fantasmalmente su rostro.
Desde la plaza le llegaba el eco distante de los tablados y casi podía sentir en los ojos el reflejo de las guirnaldas y todo febrero desparramado en el arrabal, llenándose de humo y griterías, y se imaginaba el calor de las fogatas, el olor de las parrillas, los fuegos artificiales...
Pero allá, en los bordes de la noche, el aire estaba fresco y olía a río. Había un susurro de copas negras y ropa que coleteaba al viento en las cuerdas, y un silencio calle abajo donde se entreveraban distantes el ladrar de los perros y alguna que otra luz, parpadeante y amarilla.
El hombre entrecerró los ojos y pitó largo y tendido, mientras su mirada se le iba despacio cuesta arriba, recorriendo el pellejo convexo de la calle de balasto, sus pozos y sus toscas, sus esquinas sin ochava con esos farolitos herrumbrados y solos.
Suspiró y siguió esperando. Desde una casa se oía una música tibia que se desmadejaba en el aire, mezclada con recuerdos dulces, la reminiscencia de otros veranos goteando por los porches, la humedad en los revoques verdes del paredón, el nombre de una muchacha y el olor a intemperie de su piel como de maderas al sol, el bulto de sus caderas bajo sus manos, su voz susurrándole al oído...
Se quedó pensando en eso un momento, mirando sin mirar la brasa del cigarrillo, mientras toda la noche se abría como un manto lleno de arcanos presagios, atajos que llevaban a viejas patrias perdidas, lugares que creía casi olvidados...
Recostado indolentemente contra el tronco de un paraíso que parecía querer envolverlo en sus ramas, el hombre rebuscó en un bolsillo y luego encendió un cigarro que, por un momento, alumbró, tenue, fantasmalmente su rostro.
Desde la plaza le llegaba el eco distante de los tablados y casi podía sentir en los ojos el reflejo de las guirnaldas y todo febrero desparramado en el arrabal, llenándose de humo y griterías, y se imaginaba el calor de las fogatas, el olor de las parrillas, los fuegos artificiales...
Pero allá, en los bordes de la noche, el aire estaba fresco y olía a río. Había un susurro de copas negras y ropa que coleteaba al viento en las cuerdas, y un silencio calle abajo donde se entreveraban distantes el ladrar de los perros y alguna que otra luz, parpadeante y amarilla.
El hombre entrecerró los ojos y pitó largo y tendido, mientras su mirada se le iba despacio cuesta arriba, recorriendo el pellejo convexo de la calle de balasto, sus pozos y sus toscas, sus esquinas sin ochava con esos farolitos herrumbrados y solos.
Suspiró y siguió esperando. Desde una casa se oía una música tibia que se desmadejaba en el aire, mezclada con recuerdos dulces, la reminiscencia de otros veranos goteando por los porches, la humedad en los revoques verdes del paredón, el nombre de una muchacha y el olor a intemperie de su piel como de maderas al sol, el bulto de sus caderas bajo sus manos, su voz susurrándole al oído...
Se quedó pensando en eso un momento, mirando sin mirar la brasa del cigarrillo, mientras toda la noche se abría como un manto lleno de arcanos presagios, atajos que llevaban a viejas patrias perdidas, lugares que creía casi olvidados...
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